Restaurante Bandolero

 

Ahora, que estamos en tiempo de calores y la cosa se presta al lucimiento de las carnes morenas y estremecidas, al disfrute sensual de la naturaleza y de la vida al aire libre, a las noches perfumadas de verbena y de deseo, quiero hablarles de un tema universal e intemporal, que no obstante se ha vivido, y se vive, de forma diferente según las épocas y las culturas: el sexo en el mundo grecorromano, con alguna pincelada sobre los pueblos ibéricos, y desde una cierta ligereza, adaptada, dadas las fechas, a la lectura superficial y un tanto despreocupada de piscina, botijo o chiringuito.
Si hubiéramos de juzgar por la literatura y el cine, la Grecia antigua habría sido una época de libertad en las costumbres, cuerpos esculturales y sexo desenfrenado; y, sin embargo, no todo fue, ni mucho menos, como lo pintan. La mujer griega estaba condenada al gineceo, en el que transcurría su

vida al margen casi por completo de lo público, dedicada a parir hijos para el Estado y sometida absolutamente a la voluntad férrea de sus maridos, que llegaban incluso a hacer el amor con ellas vestidas. El desenfreno y el placer se reservaba para las prostitutas, oficio bien regulado desde los tiempos de Solón (s. VI a. C.), y más en particular para las hetairas, hembras bien entrenadas en el sexo, las artes y la vida social, que eran contratadas para animar los banquetes y compartían con los hombres comida, vino y excesos mientras sus señoras permanecían a buen recaudo. Con todo, la práctica más singular y estudiada de la Grecia antigua es, sin duda, la pederastia, de matiz fuertemente aristocrático. Hablo de la iniciación de los adolescentes a las armas, la caza, la vida y el erotismo de la mano de hombres maduros que solían cerrar antes el asunto con sus progenitores y a cambio de pequeños regalos se convertían en sus particulares pigmaliones con derecho a roce. Nos han llegado multitud de testimonios al respecto, sobre todo gráficos, caso de las representaciones sobre cerámica. Pero ojo, cuidado con identificar de manera simplista dicha práctica con la perversión actual homónima: la efebía en Grecia fue rito de iniciación socialmente refrendado que refleja en el fondo un aspecto más del culto a la belleza y el permanente ejercicio de búsqueda -también de hedonismo- de esta cultura.
Por lo que se refiere a la España ibérica, es decir la que ocupaba el sur y la franja mediterránea peninsulares justo antes de la llegada de Roma, apenas contamos con información, y cuando aparece suele aludir a la divinidad, en forma de hierogamias o cópulas sagradas que simbolizaban el eterno renovarse de la naturaleza, del mundo y de las gentes, dependientes mucho más que hoy de los avatares y el albur de los tiempos.
Por fin, Roma se movió siempre a caballo entre el carácter austero, íntegro y un tanto pacato de su herencia republicana, y el mucho más epicúreo de los influjos helenísticos que la inundan tras las grandes conquistas del oriente mediterráneo. No llegó nunca a desarrollar el culto por la belleza masculina de forma tan exacerbada como el mundo griego, y no practicó la pederastia en sentido estricto (quizás por eso la llamada Copa Warren, actualmente en el British Museum, sigue siendo un unicum), pero todo romano que tuviera opciones para ello podía practicar sexo sin problemas ni recriminaciones, privadas o públicas, con su mujer en casa, con una esclava o un esclavo de su propiedad en ámbito doméstico, con prostitutas aquí y allá (las había de mil categorías, especialidades y precios), y con otro hombre en los baños, principal espacio de solaz y relaciones humanas de la antigüedad. La clave estaba en no perder nunca el sentido de la dignidad ni de clase. A nadie le importaron en demasía los amores de Adriano con Antínoo, pero sí que llorara su muerte «con modos femeninos». El sexo formó parte natural de la vida romana, sin represiones, tabúes o inhibiciones, que llegarían siglos más tarde para quedarse de la mano del cristianismo. Basta echar un vistazo a las pinturas parietales que decoraban el vestuario de las termas de Porta Marina, en Pompeya, o a los fondos del Gabinetto Segretto del Museo Nacional de Nápoles, durante tanto tiempo cerrado al público por escandaloso (inefable la estatua de Pan y la cabra procedente de la Villa de los Papiros, en Herculano), para hacerse una idea de hasta qué punto los romanos fueron devotos del culto a Venus, Dionisos y aquellos otros dioses que exaltaban la vida y el placer; un pueblo que convirtió el falo en protector contra el mal de ojo, pero también lo ridiculizó, como atributo en su expresión más excesiva de Príapo. Y es que matices falocráticos, machistas o moralmente discutibles aparte, en Roma el tamaño también importó, aunque a la inversa: a diferencia de hoy, elegancia, belleza y fertilidad se identificaron con lo pequeño.

 

 

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