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Más de mil años de historia dan para muchos momentos claves en un yacimiento de relevancia mundial como es el de Medina Azahara. El primero y más importante es el de su construcción allá por el 936 y, por desgracia, el de su escasa actividad como ciudad, con apenas 80 años de existencia. Durante siglos sufrió el olvido, pese a que siempre estuvo en la memoria de muchos poetas y estudiosos cordobeses de distintas épocas. En cualquier caso, el reconocimiento por parte de la Unesco como Patrimonio Mundial no hubiera sido posible si en los últimos cien años no se hubieran producido una serie de hitos, que han logrado no sólo posicionar el yacimiento arqueológico en el mundo, sino integrarlo en la propia ciudad y en la memoria de sus habitantes, todo ello pese al handicap que supone su localización, a unos ocho kilómetros del casco urbano.

El expolio de Medina Azahara se inició en los primeros momentos de su destrucción y se prolongó a lo largo de siglos. Durante el XI se saquearon los materiales más ricos, como capiteles, columnas, mármoles decorativos u objetos suntuarios. Se dispersaron así las piezas hasta los lugares más diversos: edificios de los reinos de taifas del siglo XI, las capitales almohades de Marrakech y Sevilla, catedrales de Tarragona, Gerona y Braga, iglesias y monasterios castellanos o el palacio de Pedro I. A finales del siglo XIX fue identificada como campo de ruinas conocido como Dehesa de Córdoba la Vieja, aunque no fue hasta 1911 cuando dieron comienzo los trabajos de recuperación arqueológica, dirigidos sucesivamente por Ricardo Velázquez Bosco (1911-1923), Félix Hernández (1923-1975) y Rafael Manzano (1975-1982). Un destacado papel en esta labor de recuperación lo jugó Félix Hernández, quien completó las excavaciones anteriores y las amplió a la terraza intermedia con el descubrimiento del salón de Abd al-Rahman III, iniciando a partir de la década de 1940 su estudio y restauración, que aún continúa. Asimismo, consolidó la mayor parte de lo excavado y consiguió delimitar y realizar la topografía de la totalidad de la ciudad.

No obstante, la identificación de los restos encontrados en la dehesa de Córdoba la Vieja como la antigua ciudad califal de Medina Azahara se produjo en el siglo XIX, en concreto en 1853, por parte de Pedro de Madrazo, gran conocedor de las traducciones que se estaban realizando en Europa de textos árabes donde se citaba con frecuencia a la ciudad palatina y que delimitó en gran parte la localización del yacimiento. De la importancia de todo lo hallado entonces da fe el hecho de que en 1923 se produjo la declaración de los restos como Monumento Nacional, un primer reconocimiento oficial de la Medina.

Con la llegada de la democracia a finales de los años 70 del pasado siglo, comenzó a gestarse lo que luego sería la autonomía andaluza, todo un complejo proceso político y social que concluyó con la consecución de un estatuto al mismo nivel que las llamadas nacionalidades históricas. El Gobierno andaluz fue asumiendo distintas competencias, entre ellas la de Cultura, que se transfirió en 1984 por parte del Estado. Con ello, la gestión de Medina Azahara pasó a manos de la Junta de Andalucía, lo que abrió una nueva etapa en el futuro de la ciudad palatina, de manera que en 1989 se creó la institución Conjunto Arqueológico de Madinat al-Zahra, encargada de su custodia.

La tutela del yacimiento implicó una acción coordinada entre las labores de protección, investigación, restauración y difusión del territorio histórico que tiene por centro la ciudad califal y que también ha tenido luces y sombras en cuanto a los objetivos marcados y la apuesta real por el yacimiento. En esos años se iniciaron importantes excavaciones y la recuperación de uno de los símbolos de la ciudad, el Salón Rico, aún pendiente por distintos problemas administrativos. Uno de los debates, abierto hace unos años y aún sin resolver, es el de la constitución de un patronato que se encargue de la gestión. Además, ha sido la Junta la que ha promovido la candidatura de Medina Azahara, primero a nivel estatal y luego ante la Unesco.

En torno a 360.000 visitantes durante cinco meses. Ése fue el resultado de la muestra El esplendor de los Omeyas cordobeses, una exposición que, en el verano de 2002, supuso un antes y un después para sacar del olvido a Medina Azahara. Aquella cita reunió en la ciudad palatina a numerosos mandatarios. De hecho, inauguraron la muestra los Reyes -don Juan Carlos y doña Sofía- junto al hoy discutido presidente de Siria, Bachar al Asad, entonces una referencia en Oriente Próximo. Y aquel volumen de visitas permitió a la Consejería de Cultura, organizadora de la exposición a través de la Fundación El Legado Andalusí, dar por cumplido el principal objetivo que se plantearon: situar el conjunto arqueológico en el mapa del turismo nacional e internacional. Un propósito que Carmen Calvo -entonces consejera de Cultura- confesaba haber conseguido "de una manera importante" en el contexto de España y en el internacional. Y añadió que esta celebración fue "una coartada" para atraer a más visitantes hasta la ciudad califal fundada por Abderramán III en el siglo X. El esplendor de los Omeyas cordobeses tuvo un magnífico prólogo en Las Andalucías. De Damasco a Córdoba, muestra celebrada en el Instituto del Mundo Árabe de París del 28 de noviembre de 2000 al 15 de abril de 2001. Dos exposiciones con similitudes, que compartieron piezas y que, sobre todo, tuvieron una gran y fundamental diferencia: el escenario. En París, el diseño expositivo era primordial para resaltar la relevancia de las piezas, que integraban un conjunto formado por los mejores objetos y vestigios conservados desde el siglo VIII hasta el XI. Algunas de estas piezas no fueron cedidas para la exposición cordobesa, circunstancia que fue suplida por el conjunto arqueológico de la ciudad fundada por Abderramán III, escenario original para el que fueron pensadas y creadas muchas de ellas. Uno de los aspectos más destacados de la organización de El esplendor de los Omeyas cordobeses fue convertir el yacimiento en un museo temporal. Una "arriesgada y atrevida" iniciativa, ya que los espacios destinados a albergar las piezas debían reunir todas las condiciones exigidas por los museos e instituciones que las cedieron para la muestra. Esto supuso la instalación de una cubierta provisional en el Edificio Basilical Superior.

En cuanto al recorrido fijado en el interior de la exposición se articuló en tres etapas: en primer lugar, los califatos de Oriente y el Magreb, zona que estuvo muy relacionada con Córdoba durante el reinado de Abderramán I y al Hakem I; en segundo lugar, el emirato de Al-Andalus, desarrollado durante los siglos VIII y IX; y, por último, el momento de mayor esplendor, entorno al año 929 con la proclamación del califato. Esta estructura se repitió tanto en las piezas ubicadas en el Salón Rico, como en el Edificio Basilical Superior.

El esplendor de los Omeyas cordobeses devolvió a la ciudad su papel de centro mediterráneo de influencia 1.300 años después. La dinastía iniciada con Abderramán I, que congregó a los políticos más influyentes y a los intelectuales más refinados de su época, sirvió como hilo conductor de una reunión que trascendió lo cultural y se enmarcó en el terreno de las relaciones internacionales. La capital tuvo así en el año 2002 un papel simbólico en el mundo diplomático. En torno a las ruinas de la urbe palatina de Medina Azahara estuvieron dos jefes de estado, altos cargos de la Unión Europea, ministros y la práctica totalidad de las delegaciones diplomáticas del mundo árabe con representación en España.

Medina Azahara abrió en octubre de 2009 un nuevo capítulo en su historia milenaria con la apertura de su Sede Institucional y Área de Gestión Integral, un centro de recepción de visitantes equipado con las últimas tecnologías que fue inaugurado por la Reina Sofía; un área museográfica donde se exponen cientos de piezas que suponen un sugerente recorrido por la historia de la ciudad de Abderramán III. La Casa Real avaló así un equipamiento largamente esperado. A ese hito se llegó después de seis años de trabajo y 22 millones de euros invertidos. La ciudad califal expone en su sede el ingente patrimonio recuperado en las diversas excavaciones que se han llevado a cabo en el último siglo, un legado arqueológico sin parangón que compone la mejor muestra de la cultura omeya. Una de las circunstancias que más llamó la atención de la nueva instalación es su carácter semisubterráneo. Dos de sus tres plantas han sido construidas bajo la cota cero con objeto de evitar el impacto visual sobre el conjunto arqueológico y su entorno protegido. El edificio, diseñado por los arquitectos Enrique Sobejano y Fuensanta Nieto, tiene una superficie construida de 7.293 metros cuadrados, divididos entre los 3.804 de la planta sótano, los 3.463 de la planta semisótano y los 26 de la primera planta. Cuenta con un mirador en dirección a la ciudad palatina equipado con un panel que permite al visitante la identificación de los elementos paisajísticos. Respecto al impacto que ha tenido en estos casi diez años este centro de interpretación, habría que recurrir a las visitas registradas tanto en el museo como en el yacimiento, con vaivenes dependiendo de los años analizados. Así, en 2009 se superaron las 198.000 visitas al conjunto arqueológico, una cifra que desgraciadamente no ha podido repetirse en ejercicios posteriores, hasta bajar a los 157.000 de 2012. A partir de entonces se produce un repunte en la asistencia al museo, de manera que las cifras han ido creciendo en porcentajes constantes, con la única excepción de 2015, según los datos oficiales que maneja la Consejería de Cultura de la Junta. Sin embargo, en 2016 se volvió a la senda del crecimiento con 181.653 turistas, dato que subió un 2,4% en 2017, hasta alcanzar los 186.000. Las previsiones de los responsables de Medina Azahara es que a lo largo de este año vuelva a crecer la asistencia, principalmente por la difusión realizada de la candidatura y por la inclusión en la Lista de Patrimonio Mundial de la Unesco. Desde su apertura en 2009, la sede es la puerta de entrada al yacimiento.

El último hito en la promoción del yacimiento tuvo lugar hace menos de un año, cuando se inauguró la iluminación del complejo que permite las visitas nocturnas a Medina Azahara. Son 660 puntos de luz y 172 metros de líneas de LED instalados por la Fundación Endesa, dando la posibilidad de que el visitante pueda disfrutar también de noche de este monumento. Hasta el momento, se han realizado varias campañas de visitas, si bien la previsión de Cultura, modificada en varias ocasiones, es la de ofertar estas giras nocturnas a diario durante este verano. La Fundación Endesa ha aplicado la última tecnología en esta iluminación y gracias a este sistema, cada recinto se enciende y se apaga de forma independiente, permitiendo a los guías centrar la atención del visitante. Para poder disponer de esta tecnología se instaló por todo el perímetro de la ciudad palatina 900 metros de línea de datos. Además, los dispositivos tienen instalados un reloj astronómico que bloquea el encendido en horas de luz solar, dotando de este modo de una mayor seguridad a la instalación y una durabilidad de las luminarias más extensa. El proyecto lumínico, que supuso una inversión de algo más de 322.000 euros por parte de la Fundación Endesa y 70.000 por parte de la Consejería de Cultura, se desarrolló durante nueve meses de trabajo.

 

Agencia Idea