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Muchas obras escribió Lucio Anneo Séneca y muchos libros se han escrito sobre él. Pero pocos, o más bien ninguno, se parecen a la biografía «Séneca, la sabiduría del imperio», un trabajo con espíritu divulgativo y al tiempo concienzudo que firma el historiador y novelista Alberto Monterroso. Recién llegado a las librerías, este volumen se adentra no sólo en el legado intelectual del filósofo sino también en la Córdoba de su tiempo, en la influencia materna y paterna a menudo soslayada o en la Roma imperial que condicionó su pensamiento. También se estudia aquí con un estilo ágil y ameno la influencia que Séneca tiene en la actualidad, o la que tuvo en el siglo II, o en el XVI, y se hace un repaso muy singular por cómo los artistas fueron retratando al pensador a lo largo de los siglos hasta que ya en el XIX apareció un busto del Séneca verdadero. El libro trata en resumen de desvelar a un Séneca humano, real, alejado de esa patina fastidiosa y oscura que le ha dejado la Historia y que oscila entre el ditirambo excesivo, el tópico

provinciano y gastado o la leyenda negra. Monterroso explica que este libro es fruto de largas investigaciones y lecturas, entre las que cobran especial importancia las que dedicó al padre de Seneca, Lucio Anneo, durante su tesis doctoral. Ese conocimiento del entorno familiar reconoce le ha facilitado reflejar la imagen inicial del pensador y salirse de lo habitual. «La mayoría de los libros se ocupan de Séneca cuando ya está en la treintena y es un hombre público, pero yo he intentado contextualizarlo en la ciudad en la que nació», explica Monterroso. Y no sólo eso, sino que también ha documentado con detalle el autor la larga estancia que Séneca pasó en Egipto, región que gobernaba su tío, cuando apenas tenía 25 años. Un largo periodo de más de un lustro en el que también se desdibuja la imagen de Séneca como hombre encerrado en su intelecto, pues Monterroso está convencido de que el pensador viajó por la región y estuvo en lugares como los que hoy ocupa la actual presa de Asuán. «Describe gran cantidad de detalles», explica el escritor. Monterroso también recuerda que Séneca, ya en su vejez y con la amenaza despótica de Nerón pendiendo sobre él, hizo en sus cartas algunos comentarios de agricultura muy avanzados, que dan cuenta de que fue un hombre práctico que no sólo dedicó su vida al intelecto sino también a los viajes y a los negocios. «En nuestro lenguaje hablaríamos de un emprendedor», dice el biógrafo. También destaca Monterroso la gran . influencia que Córdoba tuvo en la vida de Séneca. «A menudo se dice que nunca volvió, pero eso se desconoce», explica. Los que sí se conocen son los continuos viajes de su padre entre Roma y Córdoba o la fuerza de lo que podríamos denominar como el «lobby cordobés» adquirió en la capital del Imperio. «Córdoba era una provincia de enorme riqueza mineral y agrícola, que tenía de todo y suministraba a Roma», lo que dio lugar a que muchas familias enviasen emisarios allí para defender sus transacciones. Monterroso ve a estos cordobeses como representantes del interés de Córdoba en Roma y por eso entiende que Séneca nunca dejó de ser cordobés en el sentido de que eran esos círculos los que le daban apoyos. «Sin ellos no habría llegado donde llegó, al centro del Imperio, pero tampoco sin su gran inteligencia y su enorme capacidad de trabajo», explica Monterroso, que recuerda que algunas de las principales amistades de Séneca eran hijos de los mejores amigos de su propio padre. La biografía, como no puede ser de otra forma, también relata los años centrales de la vida de Séneca, los más conocidos y divulgados. La condena de muerte del sanguinario Calígula, de la que se libró por muy poco, o la del emperador Claudio, que fue conmutada por el destierro. Por supuesto, los años finales de Séneca, alejado ya del emperador Nerón y sabedor de que su tiempo se acababa, también comparecen en esta obra. «La muerte de Séneca da para una novela», explica Monterroso, que supone que si un estoico como él no optó por el suicidio antes, viendo la deriva terrible del Gobierno de Nerón y sus presumibles consecuencias, «fue por amor», porque no quería dejar sola a su esposa de entonces, Pompeya Paulina, en tales circunstancias. «Fue un hombre generoso y su suicidio —ordenado por el emperador— es una muerte heroica por lo que significa de denuncia de los excesos del poder y que así ha sido reconocida entonces y después por autores no precisamente senequistas como Tácito o Nietzsche», advierte Monterroso de ese momento tan cinematográfico en el que Séneca opta por cortarse las venas e ingerir cicuta Toda esa Roma del siglo I e incluso del II aparece en esta obra detallada con pulso casi novelístico con el fin de que se pueda conocer el escenario de la vida de Séneca y de qué modo ese tiempo de cambio entre la República y el Imperio condicionó su mentalidad y su biografía. La biografía que ahora publica Almuzara no abarca sólo los años que Séneca vivió, sino que también analiza la larga influencia de este pensador cordobés en la cultura occidental o incluso mundial. Desde su época, cuando su influjo se ve nítido en su sobrino Lucano, o décadas después en el gran emperador Marco Aurelio, también de raíces cordobesas. Mucho más tarde en las guerras de religión del siglo XVI e incluso en «El Príncipe» de Maquiavelo. En nuestros días, y según explica Monterroso, «en los movimientos más avanzados de la psicología cognitiva» y en autores tan emblemáticos como el psicoterapeuta estadounidense, ya fallecido, Albert Ellis. De todo deduce el biógrafo que nunca tuvo Córdoba un personaje de influencia tan persistente en el tiempo como Lucio Anneo Séneca, de tal modo que «sus ideas atraviesan los siglos» y se van adaptando a las circunstancias. En este libro también se habla de ellas y se postula que al final Séneca ha pasado a la historia como «un defensor de la concordia», de la necesidad de pactar entre opuestos. También de la defensa de la ética de gobierno y de la condena del exceso arbitrario de poder.

 

 

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