Restaurante Bandolero

 

Más del sesenta por ciento de los cordobeses no ha pisado nunca Medina Azahara. Primera verdad. Y sin embargo, el conjunto arqueológico enfila un escaparate mundial al ser añadido a la lista de bienes patrimoniales protegidos por la Unesco. ¿Más divulgación interna...? La proyección internacional se avecina, reclamo para turistas de un cierto nivel que se las verán y desearán para poder llegar hasta el piedemonte de Sierra Morena (no les digo ya San Jerónimo, incluido en el lote de protección, un diamante en bruto). La ciudad palatina que mandó construir Abderramán III y que está considerada como un ejemplo sobresaliente de arquitectura, paisaje, urbanismo, poder civil y arte se mantiene al año con apenas treinta personas trabajando y un millón de euros de presupuesto para todo. Segunda verdad. Treinta veces menos que el coste del icono del despilfarro público levantado por el poder civil

contemporáneo de la Junta en el Parque de Miraflores (por cierto, con un diseño casi clonado en la Ciudad de la Justicia, menudos artistas de vanguardia).
Hace quince años, y a la vista de una operación urbanística especulativa y del avance del fenómeno parcelista, comenzó un blindaje normativo en el entorno del yacimiento (y eso lo hizo Carmen Calvo) que no ha impedido con el tiempo que el número de viviendas ilegales y sus residentes haya aumentado. Y todas las oficinas técnicas, planes, programas, decretos, parques metropolitanos y demás bagatelas no han logrado ningún éxito al respecto. Tercera verdad. Ahora la Unesco pretende que los mismos que miraron para otro lado permitiendo ladrillos, enganches, piscinas y solarium sean los que mitiguen el impacto de unas edificaciones consentidas. Y en descargo de quienes viven allí, a las que se les cobra el IBI y a las que se usa en la demagogia creciente de los servicios básicos «free» para las criaturas y la sostenibilidad del territorio. Algún prócer ha adelantado ya que con unas pantallas vegetales —por aquello de tener cerca al súper del bricolaje— será suficiente para solapar el infundio.
Sólo el diez por ciento de la superficie está excavada. Y de la parte aflorada (otro día hablaremos de la expoliada), apenas hay planes de conservación y puesta en valor que no pasen los umbrales mínimos. La joya del yacimiento, el Salón Rico donde el califa ejercía la política de altura, lleva cerrado casi una década, mientras la Junta de Andalucía sigue atrasando el remozamiento acordado con privados. Cuarta verdad. El informe técnico de Icomos lo ha dejado meridianamente claro: más financiación, más recursos, más medios y mejor gestión y conservación. Quienes blasonan de gestión pública para atacar a la Iglesia católica, por ejemplo, y su labor en la Mezquita-Catedral tienen ahora una magnífica oportunidad de demostrar lo que afirman. De comprometer presupuesto, buscar patronos y mecenazgos (única salvedad, las precarias visitas nocturnas iluminadas), crear un ente gestor ágil, ambicioso, autónomo y que sea capaz de relanzar al conjunto monumental en un equilibrio perfecto de arqueología y turismo de calidad. Si es menester, cobrando entradas si queremos elevar el valor de Medina Azahara. Y a la vez, implicar a la ciudad en otro proyecto estratégico más que se intuye, con numerosas oportunidades que se abren y que requieren de un esfuerzo colectivo y de una clara voluntad política en todos los órdenes. La placa de la Unesco no es más, ni menos, que una seria llamada de atención para otro flagrante ejercicio de desidia que nos pone en evidencia. Quinta verdad.

 

 

Agencia Idea