Restaurante Bandolero

 

Se veía venir; y hasta cierto punto es lógico que haya sido en Venecia, porque la ciudad, con sólo cincuenta mil habitantes, lleva soportando una sobrecarga turística desorbitada desde hace demasiado tiempo. Treinta millones de visitantes al año, en un conjunto urbano inestable por definición, que corre el peligro de verse engullido por las aguas y se cae de puro bello, son una barbaridad incluso si se miran desde un punto de vista meramente crematístico. Hablo de los tornos que el Comune de la Serenísima acaba de colocar con carácter provisional en varios puntos neurálgicos de acceso al corazón de su casco histórico, a fin de limitar, o por lo menos intentarlo, un flujo de personas que parece regenerarse a cada segundo. Como era de esperar, las reacciones han sido variadas, y en muchos casos furibundas. Los hosteleros y comerciantes ven peligrar la gallina de los huevos de oro, y

una parte de la población se ha manifestado en contra de convertir su lugar en el mundo en una suerte de parque temático. Pero, ¿cómo actuar ante unas avalanchas de gente que no hacen sino crecer cada día? Nuestros centros monumentales no están preparados para soportar tantos miles de turistas, que en sus deseos legítimos de disfrutarlos acaban sin embargo conculcando su naturaleza, poniendo en riesgo un paisaje patrimonial frágil y no renovable, muy afectado ya por las intervenciones en él para ser expuesto, y extremadamente vulnerable a la acción de los viajeros por lo que ello implica de sobreexplotación y de mixtificación. Sirva recordar acontecimientos multitudinarios en Córdoba, como la fiesta de las Cruces, mercantilizada hasta extremos alarmantes, o la de los patios, que desde su declaración como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad ha desvirtuado su esencia y terminado por derivar en algo distinto, tras ser invadida por una muchedumbre ansiosa que ha expulsado de ella a muchos cordobeses. ¿Cuántos de ustedes no han vuelto a pisar un patio desde que se requieren horas de cola para acceder a ellos? ¿Quién no echa de menos cuando todavía se podía visitar ese tesoro inigualable de nuestra idiosincrasia y charlar con sus cuidadores al arrullo del agua y entre aromas de gitanillas, sin que nadie te metiera un palo de selfie en el ojo? La masificación tiene efectos publicitarios y económicos inmediatos, pero acaba por provocar el rechazo o la huida de la población residente o local, y la pérdida de valor. De ahí, entre otras muchas razones, sus riesgos.

Son muchas las voces que en los últimos tiempos están clamando contra la gentrificación de nuestras ciudades históricas, contra su invasión inmisericorde, su transformación traumática y la expulsión de los vecinos, que son quienes les han dado un carácter singular. Basta viajar un poco para comprobar que la burbuja turística no es problema exclusivo de Córdoba. La relativa estabilidad de los países del Occidente de Europa, y más en particular de España, los ha convertido en foco de atracción para un turismo nacional e internacional que huye del miedo y la inseguridad, y que cuando se convierte en multitudinario acaba por transformar su experiencia en relación con el bien visitado en «idolatría estática e irracional», que dejó dicho M. Himmelmann. Piensen, si no, en lo que está ocurriendo con ciertas playas o paraísos naturales, cerrados ya al público. De ahí la necesidad de poner límites; de controlar el proceso aprovechando la bonanza para crear estructura; de apostar por la oferta cultural de calidad en lugar de dar entrada a hordas de gente que se van sin habernos conocido; de potenciar lo nuestro en pro de la singularidad, evitando que Córdoba desdibuje más sus perfiles; de no dejarnos cegar por el dinero fácil y hacer ciudad pensando en el futuro; porque el futuro llegará, y puede cogernos con el paso cambiado. No podemos apostar por la industria turística como única alternativa. Conviene diversificar, enriquecer nuestro tejido económico, apoyar sin reservas líneas de trabajo complementarias que enraícen con fuerza en lo propio. Más allá de la masificación en sí misma, los peligros de lo que está ocurriendo son muchos; entre ellos: la perversión de los fines últimos del turismo; la tematización de los espacios naturales, de los conjuntos históricos y arqueológicos; la creación de discursos bastardos; o la primacía de la forma sobre el fondo, de lo bello sobre el valor patrimonial, del artificio y la complacencia sobre la tradición, la autenticidad, la preservación, la investigación y el equilibrio, menos rentables. No sé si un día tendremos nosotros también que recurrir a los tornos, pero visto el camino emprendido, antes o después habrá que tomar medidas muy serias. Y, créanme, no gustarán a nadie.

 

 

Agencia Idea