Restaurante Bandolero

 

Hace escasos días tuve la oportunidad de ver la película francesa Le brio, de Yvan Attal, con Daniel Auteuil y Camélia Jordana en los papeles principales, cuyo título aquí ha sido traducido por el no muy atractivo de Una razón brillante. Es una historia sorboniense, localizada en el corazón de la colina de Sainte Geneviève, en la Facultad de Derecho de la Sorbona, justo frente del Panteón, donde yacen entre otros Rousseau, Voltaire, y últimamente Albert Camus, y una mujer, la primera en entrar allí, la antropóloga y resistente Germaine Tillion. En otra esquina está la fabulosa biblioteca de Sainte Geneviève, de ingentes fondos y maravillosa arquitectura, que acoge cada día a la estudiantada que necesita un refugio donde hincar los codos. Es mi lugar preferido en París para investigar, compartiendo pupitre con los estudiantes.


La trama del filme recorre la historia paralela de un sarcástico profesor de Derecho, muy conservador e incluso racista, que es expedientado a raíz de las denuncias de sus alumnos. Pero, el profesor Mazard sobrepone a su conservadurismo la dialéctica. No pliega su inteligencia a simples eslóganes. Es aristotélico a rabiar, y sabe que el problema no reside en alcanzar la verdad sino "en tener razón", y que a ella se llega a través de la retórica, como arte y como método del conocimiento. No cabe extrañar este punto de vista, ya que cuando se pasea por los alrededores del barrio latino, amén de toparnos con ruinas romanas, como las termas de Cluny o las arenas de Lutecia, no es extraño encontrar anuncios del círculo tabernario donde se platica en latín. La Antigüedad está bien viva.
El rector, en nuestro filme, le comunica al profesor Mazard que para superar el expediente que lo inhabilita debe mostrar ante un tribunal universitario que ha iniciado con éxito en el arte retórica a una alumna migrante, de primer curso. El reto es que la chica gane el concurso nacional de oratoria forense, mostrando ante el mundo que la Sorbona no es una universidad racista ni clasista. El aprendizaje del uso argumental de la razón es viga maestra de la película. Por supuesto, al público ilustrado le emociona este abordaje ejecutado en los anfiteatros sorbonienses. Desde mi punto de vista, más crítico, con el triunfo de la razón brillante también se apuntala de manera chauvinista el modelo integrador galo. Hace pocos meses tuve la oportunidad de pronunciarme justo en la Sorbona en un ciclo sobre multiculturalismo francés, que no tenía más horizonte que reafirmarlo con argumentos conocidos. Me descabalgué del sentir general señalando que a mí, a la vista de sus fracasos, no me servía gran cosa el modelo asimilacionista. Una señora del público se levantó en el anfiteatro gritando a plena voz que ella era argelina y que le debía todo a Francia. Pensé por momento que se iba a inmolar envuelta en la tricolor. Con flema le espeté que yo no había hecho cientos de kilómetros para agradar sus oídos alabando un modelo obsoleto.
En fin, anécdotas al margen, mientras visionaba Le brio, pensaba en Averroes, nuestro paisano del siglo XII, que afirmaba que los andaluces éramos un pueblo "natural" como los griegos. El filósofo cordobés fue un empedernido racionalista, que sufrió al menos un apedreamiento en su Córdoba natal a cargo de una turbamulta incitada por los intolerantes almohades. Así pagaba su herética equiparación entre fe y razón. La filosofía de Averroes, escasamente divulgada hoy día, pone por delante la retórica, el arte de llevar la razón en la indagación de la verdad.
Su influjo fue tal que llegó hasta la Sorbona medieval, donde su filosofía fue enseñada y practicada. El miembro del Collège de France, Alain de Libera, expuso hace un par de décadas la deuda del pensamiento tardomedieval surgido de la Sorbona con Averroes. El influjo averroísta continuó, yendo desde el gran Ernest Renan, que le dedicó su tesis doctoral a mitad del siglo XIX, hasta hoy mismo con el filósofo Ali Benmakhouf a la cabeza. El averroísmo ha sido una constante más en Francia que entre nosotros.
Resulta curioso, y hasta fantasmagórico, que se me apareciese Averroes, superpuesto como una suerte de palimpsesto fílmico, cuando miraba en la oscuridad de la sala el buen hacer retórico del profesor Mazard. Al final de la película, alumna y maestro se pierden entre insultos en dirección al bulevar Saint Michel, seguramente al encuentro de un confortable bistró donde celebrar el triunfo de la razón razonante.
Salí de la sala de cine con una inmoderada sensación de orgullo andaluz, de que esta tierra hubiese parido a Averroes, aunque aún no lo reconozca en toda su importancia, y para celebrarlo me dirigí también a una taberna cercana.

 

 

Agencia Idea