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Si se sacan algunas frases de su contexto, podría ser el discurso actual de cualquier político que pide una infraestructura que va a traer desarrollo, comercio y riqueza a su ciudad. «Vosotros, pues, muy magníficos señores, abrid las puertas al poderío, a la grandeza, a la prosperidad de vuestra tierra, que con estas mis voces llaman». Se podría hablar del AVE, de una autovía que es necesaria o de la construcción de un palacio de congresos, pero estas palabras se pronunciaron ante lo que se llamaba Cabildo Municipal hace casi cinco siglos, y perseguían algo que tenía que ver también con las comunicaciones. Su autor quería que el río Guadalquivir fuese navegable por Córdoba, como lo había sido siempre hasta apenas un siglo y medio antes. Tanto los romanos como los árabes habían navegado el río en Córdoba y más arriba, puesto que la que se hacía por agua era la vía más rápida para el

transporte de mercancías. Y por allí bajaban metales y aceite, de forma que Córdoba era un puerto importante. Se han encontrado sus restos junto al Alcázar y la navegación hasta Córdoba era constante en la época árabe, aunque con las dificultades de un cauce menor que el que había en Sevilla. Hasta el siglo XIV hubo barcos por el río, y hasta se mandaba quitar los molinos que estorbasen. Incluso el rey Pedro I El Cruel viajó a Sevilla desde el puerto de Córdoba río abajo. Las incursiones que hacían los musulmanes del reino de Granada obligaron a cerrarlo, pero la navegación no se olvidó en ningún momento. En el siglo XVI el mundo había cambiado para España, porque Córdoba podría haber recibido lo que llegaba de la recién descubierta América, o una parte, y Sevilla, que tenía el monopolio del comercio, estaba en el mismo río. El proyecto lo defendió ante el Cabildo el humanista cordobés Fernán Pérez de Oliva, en el año 1524, cuando explicó las ventajas de recuperar las embarcaciones ante un auditorio poco receptivo: «Haced vuestro río navegable y abriréis camino por donde vais a ser participantes de ella y por donde venga a vuestras casas gran prosperidad, de la cual no será Sevilla el puerto, como hasta aquí, si le dais subida a vuestra ciudad». Su razonamiento es sencillo, y pone como ejemplo lo que sucedía entre RuAn y París. En la primera, también en la ribera del Sena, pero diez leguas más abajo, estaban los mercaderes. En la capital de Francia, «que por ser más dentro en la tierra han por mejor comarca», se hacía la Feria, y con ella también una notable actividad. En su analogía, Ruan era Sevilla y Córdoba, la más interior, habría sido París. «Semejante es la postura de Córdoba a comparación de Sevilla, y si le ayudáiscon industria, que sola en esta tierra os falta o no se ejercita, semejante será en ventaja la grandeza, porque los mercaderes que ahora paran en Sevilla, si fácil hallan la subida, por evitar carruajes y alcanzar lugares que sea más de dentro de la tierra, vendrán a reposar a esta ciudad, donde darán ejemplo y codicia de algún ejercicio a los muchos ociosos que la abundancia en ella cría», aseguraba. El proyecto era bastante minucioso y contemplaba la necesidad de hacer reformas en el cauce del Guadalquivir, como eliminar las presas que había ante los molinos que servían para moler el trigo. Ante eso proponía hacer lo que se hacía por ejemplo en Roma, donde los molinos eran flotantes sobre dos barcas, y así permitían también la navegación, y ponía como ejemplo las obras de Brujas y Venecia. Carlos I lo valoró y su hijo, Felipe II, quiso llevarlo a efecto. Manuel Peña Díaz, profesor de Historia de la Universidad de Córdoba, explicó en un artículo que «la navegabilidad Sevilla-Córdoba fue una Andalucía soñada que no pudo ser. Creyeron en ella los procuradores en Cortes de ambas ciudades e incluso fue apoyada por Carlos V», pero nunca se llevó a cabo. Hubo que esperar al segundo intento, en 1586, y lo lideró otro humanista, sobrino de Fernán Pérez de Oliva. Era Ambrosio de Morales, quien mandó imprimir el texto que se había leído ante el Cabildo más de medio siglo antes bajo el título de «Razonamiento sobre la navegación del río Guadalquivir». El monarca, el más poderoso de su tiempo, decidió encargarle este proyecto al ingeniero Juan Bautista Antonelli, un romano que se trasladó a España en aquel siglo XVI y que prestó servicios tanto a Carlos I como a Felipe II. No sólo trabajó en la navegabilidad del Guadalquivir, sino de casi todos los grandes ríos. El propio Felipe II hizo viajes por el Tajo gracias a este ingeniero, al que la muerte sorprendió en 1588, dos años después de haber redactado el proyecto. Uno de ellos era bastante ambicioso, y consistía en ensanchar el Tajo para que llegase directamente a Madrid, que sería el puerto de mar. Los barcos entrarían a la Península por Lisboa, ya que Portugal formaba parte de España durante su reinado (por el matrimonio de su padre con Isabel de Portugal) y remontarían el Tajo para llegar hasta el mismo centro de la Península Ibérica. Era técnicamente viable, pero dificultoso en aquella época y no se realizó. Se olvidó, como sucedió con el proyecto de Córdoba. Manuel Peña Díaz explica que el proyecto nunca se hizo, aunque retomó poco después, en el siglo XVII, ya con Felipe IV. En 1626 envió una carta al corregidor, cargo equivalente al de alcalde, que se llamaba Gaspar de Bonifaz, que le instaba a que ponerse manos a la obra con el proyecto de que los barcos pudieran unir Córdoba con Sevilla, y de ahí seguir la ruta ya abierta. Con los franceses Sin embargo, no eran buenos tiempos para la Corona, que ya notaba la crisis económica del siglo XVII, y que se inhibió para dejarle el proyecto a las élites de Córdoba, tanto políticas como financieras. Y éstas, recuerda el profesor, no pusieron mucho entusiasmo. El río, como se sabía, estaba entorpecido por los molinos, y los aristócratas y señores que los explotaban no estaban nada dispuestos a retirarlos para que hubiese la anchura suficiente que permitiese la navegación. El geógrafo Pascual Madoz relata cómo el condeduque de Olivares, valido del rey, envió peritos, e incluso se hicieron pruebas, «que tantearon las dificultades», pero el proyecto no siguió adelante. Era el año 1628. Con Carlos IV, ya bien avanzado el siglo XVIII, hubo de nuevos proyectos, según este estudioso, e incluso bajaron barcas cargadas con madera de pino de Segura desde el curso alto del Guadalquivir, en Jaén. La única época reciente en que el Guadalquivir fue navegable fue entre 1810 y 1813, en la época del reinado de José Bonaparte. Eran embarcaciones pequeñas, porque tenían que salvar los desniveles, pero hubo intercambio de mercancías entre Sevilla y Córdoba. Se pensó entonces en más proyectos que se desecharon al llegar al trono Fernando VII. El proyecto más avanzado fue ya en el siglo XX y lo ideó la empresa Mengemor en 1904. Consistía en 11 presas escalonadas desde Palma del Río hasta Córdoba, que permitirían, con el agua embalsada, dar un mayor calado y por lo tanto la llegada de barcos de mayor tamaño. Fue el último intento por recuperar un puerto de Córdoba ahora imposible.

 

 

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