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Muhammad Yasin Ahram Pérez, hijo de la malagueña Tomasa Pérez y el marroquí Abdalah Ahram, se ha propuesto restaurar el Califato de Al Andalus. Acaba de hacernos partícipes de la buena nueva en un vídeo grabado en algún punto de Siria, reducida hoy a escombros y cadáveres, gracias también a su generosa contribución a la catástrofe. El joven de 22 años se hace llamar Abu Lais Al Qurtubí porque nació en Córdoba antes de que su familia emigrara a territorio del Daesh para integrarse en el proyecto de destrucción y muerte que devasta Oriente Medio.


A Pérez no se le mueve un músculo de la cara mientras acaricia su bucle melancólico. Levanta su dedo índice amenazante, en un gesto que ya es un clásico de la cinematografía yihadista. Lo demás (su barba copiosa, su chamarra militar, su jerga delirante) forma parte del atrezzo estándar de la propaganda escatológica que contamina nuestros días.
Muhammad Yasin Ahram Pérez quiere rescatar el esplendor del Califato, la civilización andalusí que iluminó Occidente en el siglo X. No estamos seguros de que en su sueño haya un lugar para su paisano, el también cordobés Abu Al Walid Muhammad Ibn Rushd, más conocido como Averroes, excepcional jurista, innovador médico y uno de los más influyentes filósofos del medievo europeo.
Es probable que Pérez desconozca que Averroes es el máximo transmisor del pensamiento racionalista griego y que, en medio de la oscuridad dogmática de aquellos siglos impenetrables, puso luz donde hoy Daesh pone dinamita y vísceras. El polígrafo cordobés, en opinión unánime de los expertos, fue precursor de la modernidad intelectual y adelantó en cinco siglos el Renacimiento europeo que colocó, por fin, la razón y la ciencia en el centro geográfico del universo.
Tampoco tendrá amparo en el Califato de Pérez la audacia de Ibn Firnás, andaluz nacido en Ronda, poeta, astrólogo, alquimista e inventor inagotable de instrumentos para la vida (no para la muerte). De su cerebro creador emergió el primer artilugio de la historia concebido para volar. Partiendo de la observación atenta de las aves, diseñó unas alas de madera y se precipitó desde la torre de la Mezquita de Córdoba en un increíble anticipo de la aeronáutica moderna.
La historia le recuerda como el Leonardo da Vinci de Al Andalus por su concepción experimental del conocimiento. Por ello, por su contribución gigantesca en la construcción de la ciencia contemporánea, Ibn Firnás tiene un cráter con su nombre en la Luna. Y precisamente por la misma razón no encontrará, previsiblemente, un sitio en el paraíso perdido de Abu Lais Al Qurtubí donde articular su astrolabio y estudiar los planetas.
Del Califato de Pérez huirá buscando mejores territorios el insigne oftalmólogo de Belalcázar, Ibn Aslam al-Gafequi, seguidor de Abulcasis y Avicena, experto en intervenciones de cataratas en aquella Córdoba de vanguardia que marcaba el paso de Europa. Allí no tendrán cabida ni la prosa de Ibn Hazm, ni la filosofía cartesiana de Maimónides, ni la sabiduría enciclopédica de Recemundo.
Muhammad Yasin Ahram Pérez se ha propuesto restaurar el Califato de Córdoba pero es probable que nunca haya leído los esperanzadores versos del murciano Ibn Arabi. Dicen así: «Hubo un tiempo en el que rechazaba a mi prójimo si su fe no era la mía / Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas / Es un prado para las gacelas y un claustro para los monjes cristianos / Templo para los ídolos y la Kaaba para los peregrinos / Es recipiente para las tablas de la Torá y los versos del Corán / Porque mi religión es el amor».

 

Agencia Idea