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Junto a legajos y libros –incluidos los de su casa, que reinan en todos los rincones del paisaje doméstico-, Juan Aranda Doncel ha pasado la mayor parte no ya solo de su trayectoria como catedrático de Enseñanza Media, de la que se jubiló en el 2010, ni como numerario de la Real Academia cordobesa, sino de su vida. Porque para este hombre serio, científicamente riguroso hasta en sus relaciones cotidianas y de pronta respuesta a todo el que acuda a él en busca de consulta o ayuda intelectual, el estudio ha sido y es el eje de su existencia. Y así, a base de más de 40 volúmenes firmados, 200 trabajos de investigación sobre diversos aspectos de la historia de la

provincia y Andalucía en la Edad Moderna y un sinfín de conferencias e intervenciones en congresos internacionales, se fue convirtiendo en lo que hoy es, uno de los últimos sabios de Córdoba. Entre sus líneas de investigación destacan, además de minorías marginadas como los moriscos, la Semana Santa de la capital y los pueblos, campo en el que está considerado una autoridad. Y eso que nunca ha vestido una túnica.

-¿Cómo sin ser miembro de ninguna hermandad se ha convertido en un experto en la Semana Santa cordobesa?
-En realidad pertenezco a una hermandad desde mi nacimiento, porque me apuntó mi padre, la de la Virgen de la Salud de Castro del Río; soy hermano de honor del Nazareno de mi pueblo, y tengo bastantes distinciones de las hermandades (de hecho, el salón de su piso de la calle Doctor Barraquer, donde conversamos, está repleto de estatuillas con sabor cofrade). Tengo un gran aprecio y un gran reconocimiento a la labor que desarrollan las cofradías tanto penitenciales como de gloria. Pero nunca he militado en el mundo cofrade, solo me ha atraído desde el punto de vista del estudio histórico. Esto me ha valido para hacer un acercamiento desapasionado y objetivo.

-¿Y qué aspectos son los que más le interesan?
-Siempre me ha interesado ver cómo surge el fenómeno, y sobre todo reconstruir el legado histórico de la Semana Santa de Córdoba. Si en los años 70 u 80, cuando se pone en marcha su reorganización, hubiéramos conocido nuestro pasado histórico ésta se habría hecho de una manera distinta. Al no ser así, el único modelo que sirvió fue Sevilla. Hoy en día, en que ya se conocen los valores tradicionales de la Semana Santa cordobesa, Córdoba se mira más en el espejo secular de sus tradiciones. No se trata de rescatar antiguallas sino de evolucionar con elementos del pasado y otros originales.

-¿Por eso todas las cofradías han querido hacer estación de penitencia en la Catedral?
-En Córdoba, desde el siglo XVI, todas las cofradías penitenciales han hecho estación en la Catedral, y conocemos los itinerarios completos. En Córdoba había una especie de espacio urbano sacralizado que era el que recorrían las procesiones de Semana Santa o bien la del Corpus desde el siglo XVI.

-¿Y cuándo desapareció esa tradición?
-El problema es que durante una generación los cordobeses no conocen la Semana Santa porque no existe. Desde 1820 a 1850 no hay procesiones en la capital. Pero esta ruptura de la tradición no se da en la provincia, y eso explica que haya pueblos como Baena y Puente Genil que mantengan sus tradiciones barrocas. Y cuando a mediados del siglo XIX se reorganiza la Semana Santa ya tendrá una gran influencia el modelo sevillano. Contra esa influencia surgen cofradías que quieren contrarrestarla. En Córdoba, en los años 50, conviven el prototipo del modelo sevillano, que es la Buena Muerte, y el modelo barroco de Ánimas, impulsado por el Grupo Cántico, y sobre todo por García Baena.

-¿Tendrá éxito la remodelación que hoy se estrena? Lo digo por todos los debates que ha habido hasta concretarla.
-Hombre, como todo lo que se implanta por primera vez, requerirá ajustes y subsanar fallos que se puedan cometer. Pero indudablemente la carrera oficial en los aledaños de la Catedral tiene una prestancia en todos los aspectos, y es única, en el sentido de que tenemos ese gran monumento que es la Mezquita-Catedral.

-¿Qué le parece la polémica en torno a la segunda puerta de la Mezquita y las celosías de Rafael de la Hoz, ya retiradas?
-Me parece una polémica un tanto absurda. Las celosías no existían y el monumento no se cayó. La Mezquita se ha mantenido en pie gracias a que fue convertida en Catedral, y la prueba más evidente es que todas las mezquitas mayores de otras urbes españolas, al no tener una función determinada, desaparecieron.

-Está claro que no comparte los planteamientos de la plataforma ciudadana que reclama una titularidad pública de la Mezquita.
-La Mezquita es patrimonio de todos los cordobeses, eso es evidente. Pero también lo es que pertenece al culto católico desde el siglo XIII hasta nuestros días. Creo que es una polémica un tanto artificial e interesada.

Juan Aranda no solo ha analizado a fondo la historia de la Semana Santa –con muchas horas de dedicación y hasta metodología científica-, sino el más amplio terreno de la religiosidad popular. Y eso incluye también otros fervores y otras hermandades, como las cofradías asistenciales que desarrollaban una importante labor social mediante el sostenimiento de hospitales. «En Córdoba, hacia 1586, de 30 hospitales, 26 estaban sostenidos por cofradías –apunta-. Hoy esa labor social se materializa en entrega de alimentos, en ayudas a oenegés...». Se adentró en el estudio de esta labor social a través de la figura del padre Cristóbal de Santa Catalina, ahora beato, para lo que le abrieron las puertas de su archivo las religiosas de Jesús Nazareno. «A partir de entonces la causa nazarena –dice- ha sido una de mis más queridas líneas de investigación».

 


-Pero todo no habrán sido facilidades. ¿Se ha encontrado con alguna resistencia en ese mundo tan particular de las cofradías?
-Cuando yo me dedico al tema de la investigación, el sector digamos capillita me ve como un intruso que se adentra en su campo. Yo me ponía un caparazón diciendo: «Yo no soy cofrade, soy anticofrade incluso», radicalizaba mi planteamiento para que vieran que no quería invadir su terreno. Sin embargo, con el paso del tiempo he sentido una aceptación unánime, lo cual agradezco mucho.

-Otra de sus líneas de investigación son las órdenes religiosas. ¿Cómo han evolucionado?
-Sin la presencia y la labor de las órdenes religiosas no se entiende la España, la Andalucía y la Córdoba de los siglos XVI, XVII y XVIII. Los testimonios arquitectónicos que nos han quedado constituyen una prueba elocuente de ese importante papel. Y en cuanto a su evolución, actualmente hay muchas más vocaciones que en el siglo XVII.

-Pero si las órdenes se quejan de que solo se nutren ya de monjas del Tercer Mundo. Y, de hecho, el convento de Santa Isabel ha cerrado por el envejecimiento de sus escasas religiosas.
-Es que en el siglo XVII las vocaciones se repartían entre ocho o diez órdenes y ese número a partir del siglo XIX se multiplica por mil, con lo cual es muy difícil alimentar a todas las congregaciones.

-Algunos investigadores se preguntan dónde habrán ido a parar los archivos de las clarisas.
-Es que se ha cerrado el convento de Santa Isabel de los Ángeles pero las clarisas no se han ido de Córdoba, han pasado al convento de Santa Cruz, cuya comunidad se ha reforzado. Allí debe de estar también su archivo histórico.

-¿No le resulta chocante que vaya a levantarse un hotel donde ha habido un convento durante cinco siglos?
-A mí no me lo parece. Cuando se pusieron en marcha los paradores nacionales se rehabilitaron para ellos palacios y monasterios, sin uso desde la exclaustración de 1835.

El de este catedrático formado en la universidad de Valencia, donde cursó a la vez las carreras de Geografía e Historia y Ciencias de la Educación, es un espíritu cultivado y muy libre. El de un hombre que no repliega ante nada ni nadie su criterio, que no conduce ni tiene móvil, que escribe a mano –aunque en un ángulo del salón tiene instalado un ordenador-, y que, admitiendo las ventajas de internet, sobre todo para la digitalización de fondos documentales que es lo que más de cerca le toca, bromea, o no, definiendo el invento como «una máquina diabólica».

-¿Echa de menos la enseñanza? Yo lo recuerdo en el instituto Góngora como un profesor muy circunspecto, a pesar de que entonces tendría veintitantos años.
-La enseñanza fue una etapa en mi vida. En cuanto a la exigencia como profesor, depende de en qué momento. Al principio era más exigente, pero con el paso del tiempo uno entiende que no solo están los libros, sino la persona, y vas cambiando en la línea de una blandura cada vez más acentuada.

-Ahora, ya jubilado, tendrá más tiempo para dedicarse a la investigación y a la Academia, en la que ingresó como numerario en 1976, con 27 años.
-Sí, todo vino rodado. Acabo la carrera y, trabajando en el Góngora, hago mis primeras publicaciones en el Diario CÓRDOBA, que fueron sobre el tema de mi licenciatura. Yo cogí un tema que me sirviera para Historia y Ciencias de la Educación, y estudié la Universidad Libre de Córdoba, de 1870 a 1874. En mi ingreso en la Academia influyó bastante que el hijo del director de entonces, don Rafael Castejón, era el responsable de la incipiente universidad, vieron que mi investigación le daba una solera histórica, e incluso antes de leer la tesis me solicitaron su publicación. Otro gran valedor fue don Juan Gómez Crespo, a quien he tenido gran afecto. Un día, estando los dos en el recreo del instituto, me preguntó: «¿Usted tiene inconveniente en ser académico?». Y yo me volví loco de alegría.

-Ahora me han dicho que también está muy contento ejerciendo de abuelo.
-Tengo dos nietas. La verdad es que no hay cosa más ridícula que un abuelo... hasta que uno alcanza esa condición. Y entras en una fase de idiotización incomprensible para el que no vive esa experiencia.

 

Agencia Idea