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Se acercaba el año 1500 y entre los conversos de la ciudad de Córdoba y de muchas villas y lugares de su antiguo y extensísimo obispado, se prodigaron una serie de brotes mesiánicos, que parecen tener su origen en la villa de Chillón, hoy perteneciente a la provincia de Ciudad Real. Resulta increíble que aquel colectivo de personas tan castigado por la Inquisición, diera un paso al frente y, olvidando sus temores, comenzara a difundir entre sus miembros un mensaje de esperanza: la pronta venida del profeta Elías y del Mesías, que los habría de rescatar y llevar a su amada Tierra Prometida. Quizás aquel hostigamiento del Santo Oficio contribuyó sobremanera al inicio de aquellos brotes, como única esperanza de vida y de salvación, profecías que habían pronosticado la llegada del Salvador para la Pascua de aquel año del señor de 1500. Los conversos de Córdoba, conocidos como

los «marranos», eran una comunidad social a mitad de camino entre los «cristianos viejos» y los judíos, odiados y malmirados por unos y otros. No eran un grupo homogéneo, pues hubo conversos sinceros, aunque en mucho más número lo fueron los que se convirtieron de forma fingida, como único medio para salvar su vida y propiedades. Pero lo cierto es que, pese a sus iniciales diferencias, lo quisieran o no, aquellos conversos de Córdoba mantenían cierto lazo cultural, y en muchos casos religioso, pues no pocos de ellos seguían profesando en la intimidad la fe de sus mayores y transmitiéndosela a sus hijos. Aunque la cuestión dista aún mucho de ser conocida en profundidad —debido a la pérdida y destrucción de la mayor parte de la documentación de la época— aquel brote mesiánico fue protagonizado en buena medida por una serie de niñas y doncellas, como lo fueron las hermanas Ana y María «de las Cabezas» y, quizás también, otras hermanas suyas. Todas ellas, su esclava Marina y su tío carnal Alonso, se encuentran en el epicentro de los macabros sucesos que sacudieron Córdoba en los inicios del siglo XVI, alentados por el inquisidor Diego Rodríguez Lucero, que convierte el llamado asunto de los «sermones y sinagogas» en una verdadera «Causa General» contra los conversos. Esta macrocausa termina cobrándose la vida de casi trescientas personas, que fueron quemadas vivas en distintos autos de fe celebrados entre 1501 y 1505. entre ellos, el principal y más salvaje, el que ha batido todos los récord de la Inquisición, el que tuvo lugar el día 22 de
diciembre de 1504, donde son castigadas a pena de fuego 107 personas. Aquellas profetisas pertenecían a la poderosa y conversa familia Menbreque; el padre era el jurado Juan de Córdoba, apodado «de las Cabezas», por vivir en la calle y en la Casa que hasta hoy lleva el mismo nombre, y funciona como museo en nuestra ciudad. Las niñas profetas, en compañía de su madre Beatriz Fernández y de sus hermanas Francisca, Isabel, Leonor e Inés, crecían en aquella histórica casa y sus bellos patios, combinando sus juegos y quehaceres infantiles con el adoctrinamiento en las leyes de Moisés bajo la atenta mirada y supervisión de su tío Alonso de Córdoba Menbreque, al que todo el mundo en la Ciudad conocía como el Bachiller Menbreque. Entre los conversos, el citado Bachiller era considerado como el «rabino» y el «predicador» de la Buena Nueva; y de hecho, en los escasos procesos inquisitoriales que se conservan sobre tal asunto, aparece siempre acusado de dirigir las oraciones y de explicar a los asistentes los distintos ritos y enseñanzas de la religión de sus mayores, que un día habían practicado libremente en el interior de la Judería de Córdoba y sus sinagogas. Señala la documentación que los sermones del Bachiller Menbreque se caracterizaban por el «gran aparato» del que hacían gala, pues el rabino utilizaba una gran parafernalia, con una arca y unos grandes libros donde se subía a predicar, ataviado de los ropajes, gorros y demás ornamentos que se utilizan en los ritos judíos. El principal colaborador del Bachiller era su hermano, de nombre como dijimos Juan de Córdoba «de las Cabezas», importante mercader que había escalado puestos en aquella sociedad cordobesa del fines del Medievo y había logrado entrar a formar parte del Concejo cordobés con el cargo de «jurado», que desarrollará en el barrio de Santo Domingo. Conforme a las acusaciones inquisitoriales, su casa, es decir, la Casa de las Cabezas, termina convirtiéndose en una sinagoga a la que acuden en gran numero los conversos cordobeses, tanto los lunes como los jueves, buscando las enseñanzas de las Niñas profetas y del Rabino. Siempre según la versión inquisitorial, durante esas celebraciones continuamente se profanaban los misterios cristianos, realizándose ofensas y herejías tales como obligar a vomitar a quienes habían recibido la eucaristía hacía poco tiempo; se pisoteaba la sagrada forma o se ultrajaban crucifijos y otras imágenes. Para la difusión de aquel de mensaje mesiánico de esperanza para los judíos, Juan de Córdoba y el bachiller Menbreque habrían ungido como profetisas a las hijas del primero, así como a una esclava «mora» de su propiedad que respondía al nombre de Marina, a la que habrían convertido previamente al judaísmo. Las niñas o doncellas Ana y María «de las Cabezas» fueron reconciliadas en un año indeterminado, y así, en tal estado, figuran en un legajo de 1496 , donde también aparecen su padre y madre. Las noticias sobre sus otras hermanas son más tardías, concretamente hacen acto de presencia en el proceso que por este asunto de las «sinagogas y sermones» se instruye contra su primo Juan de Córdoba Menbreque entre los años 1502 y 1504, y que terminará costando la vida al mismo. A las llamadas profetisas, los testigos de los procesos les atribuían ciertos poderes sobrenaturales, que iban más allá de la recepción del supuesto mensaje divino; así, se les reconocía la facultar de desplazarse por el aire, es decir, de volar, yendo a predicar de este modo a las villas y aldeas. ¿Os podéis imaginar el clima de tensión que se generó en la sociedad cordobesa? ¿Qué pasaría por la cabeza de los conversos en aquel momento? Como cabía esperar, muy pronto comienzan las denuncias y las testificaciones. El terror se instala de nuevo entre los conversos, un triste episodio más en su ya desgraciadas vidas. Al parecer, la primera persona que se dirige al Santo Oficio con el fin de delatar fue la supuesta profetisa y esclava mora del Jurado de las Cabezas, Marina, apodada la «Marfata», que con todo lujo de detalles relata al tribunal cordobés las reuniones, ritos y prácticas judaizantes que se venían practicando en la casa de su amo desde finales de la centuria del 1400. Al mismo tiempo, acusaba a un gran número de personas a las que había reconocido en aquella casa, como presentes y participando en aquella casa, como presentes y participando en aquellas liturgias judías. La acusación de Marina la <<Marfata>> fue la que abrió la caja de los truenos, destapando el citado asunto de los «sermones y sinagogas» de Córdoba que, con Lucero al frente, ya hemos visto el trágico balance que presentó. Creernos que las supuestas profetisas de nombre Ana y María «de las Cabezas» pudieron morir abrasadas con su padre, el jurado Juan de Córdoba, en el primer auto de fe celebrado por esta causa, que tuvo lugar en 1501 Inés de las Cabezas, por su parte, fue procesada, sin que conozcamos su sentencia, aunque dado que su juicio fue íntegramente revisado algún año más tarde en la Cori gregación Católica celebrada en Burgos en 1508, se nos antoja que el resultado pudo ser el peor de los posibles para Inés. Del resto de las hermanas sólo sabemos que depusieron como testigos en el ya citado proceso contra su primo Juan dCórdoba, aunque es más que  que fueran igualmente procesadas y ajusticiadas con la pena máxima. Irónicamente, la principal delatora, la testigo de cargo de aquelmacro proceso, esto es, la esclava mora, fue la única que superó los distintos autos de fe de aquel quinquenio de terror, y de este modo, seguía viva en 1508, aunque en una mazmorra presa de la Inquisición. Su proceso también fue revisado en aquella Congregación de Burgos e, incluso, fue mandada traer a presencia de aquel alto tribunal para volver a escuchar de su boca lo acontecido en la casa de su amo, y ello, a causa las constantes contradicciones de las que había hecho gala en su proceso y en los de los demás implicados en la trama. Trece años hace que dejé mi plaza como Notario en la provincia de Badajoz. Recuerdo como en cierta ocasión oí hablar de aquellos sucesos, y que en fecha reciente han venido a mi mente a raíz de la publicación del libro, Inés de Herrera, la Niña profeta, de Desiderio Vaquerizo, herrereño de pro y catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba. Desde su publicación, el asunto se ha revitalizado, y el pueblo de Herrera se ha lanzado a representarlo a través de diversas funciones teatrales. ¿Cómo iba yo imaginar en aquel año de 2003, cuando era titular de la plaza, que aquellos acontecimientos que habían escandalizado a la sociedad pacense en el 1500 tuvieran un claro paralelismo con los acontecidos en Córdoba en la misma fecha? ¿Cómo podría vislumbrar lo que el destino me tenía preparado, y que, como director del Proyecto Cultural Casa de las Cabezas, descubriera habitando en esta legendaria Casa a unas niñas que, al igual que la herrereña, ejercieron de profetisas? ¿Creéis en las casualidades? A diferencia de la Moza de Herrera, de aquellas niñas y doncellas profetas de Córdoba nadie se acuerda; fueron fulminadas y relegadas al más absoluto olvido por la Inquisición y su mejor valedor, Lucero.

 

 

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