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Una de las joyas artísticas que tiene un valor más singular en nuestra historia es el llamado Tesoro de Guarrazar. La razón de esa singularidad se la proporciona el hecho de tratarse una obra perteneciente a la época visigoda. El tesoro en cuestión recibe su nombre del lugar donde se encontró, el terreno cercano a la iglesia de Santa María de Sorbaces, en una huerta llamada Guarrazar en el término municipal de la localidad toledana de Guadamur que está a once kilómetros de la capital de la provincia. Se trata de un conjunto de piezas de orfebrería: cruces votivas —regalos de reyes o personajes importantes que se hacían en cumplimiento de un voto y que se colgaban de las bóvedas del templo—, cruces, cinturones...

que debieron ser ocultados a toda prisa por los clérigos ante la amenaza que suponía la invasión musulmana. Corría el ario 1858, cuando se produjo su descubrimiento, como tantas otras veces de forma casual. La causa fueron unas lluvias torrenciales que lavaron el terreno cercano a la mencionada iglesia. A la vista quedó un nicho que contenía un cofre donde se guardaban las extraordinarias piezas. Lo halló un labrador que vendió algunas de ellas a plateros toledanos. La historia tomó un giro con la intervención de un
profesor francés asentado en Toledo, Afolfo Herouart y de un experto joyero madrileño, llamado José Navarro, que para venderlas llevaron las valiosas piezas —nueve coronas votivas- a Francia, donde fueron a parar al Museo de Cluny. Al tenerse noticia de lo ocurrido la prensa española reaccionó con indignación ante la venta de un tesoro tan singular, desatando una fuerte polémica entre los gobiernos de España y Francia. Aquí es donde interviene el ilustre baenense José Amador de los Ríos, en su condición de miembro de la Real Academia de la Historia y de la de Academia de Bellas Artes de San Fernando. Elaboró el informe legal que permitió al Ministerio de Estado efectuar la reclamación del tesoro toledano e impulsó una excavación que permitió nuevos descubrimientos en la zona, en colaboración con Aureliano Fernández Guerra, granadino de nacimiento y ligado por raíces familiares a la localidad cordobesa de Zuheros. Amador de los Ríos publicó «El arte latino-bizantino en España y las coronas visigodas de Guarrazar». Ensayo histórico crítico como respuesta a los planteamientos del francés Ferdinand de Lasteyrie que sostenía, para apoyar las tesis del gobierno francés y oponerse a las pretensiones españolas en la polémica desatada por el tesoro de Guarrazar, que los esmaltes realizados según la técnica llamada cloissonné o alveolado no tenía ejemplos en España. En esa obra, el baenense se quejaba también del lamentable estado que ofrecía el yacimiento al ser excavada la tierra con la codicia de encontrar tesoros sin «el ilustrado anhelo de pedirle doctas enseñanzas». Hasta 1941 el gobierno francés retuvo las nueve coronas votivas. En esa fecha el gobierno de Vichy devolvió seis de ellas que hoy pueden verse en el Museo Arqueológico Nacional. Este 2016, en que se cumple el bicentenario de su nacimiento, acaecido en 1816, y que debía conmemorarse debidamente, está transcurriendo con más pena que gloria en su provincia natal, siguiendo la estela de lo que Juan Valera afirmaba en el prólogo a la edición de las poesías del baenense, promovida por su hijo Rodrigo en 1880: «En mi provincia cada cual mira por sí, sin auxilio de nadie, de modo que los encumbramientos son milagrosos».

 

 

Agencia Idea