Restaurante Bandolero

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Un día cualquiera de un veterano legionario romano en la Hispania del siglo I. El militar retirado reside en una coqueta colonia de la Bética, con privilegiadas vistas a la campiña. Corduba, la capital, no cae demasiado lejos a caballo. Pero no hay necesidad de ir. En la pequeña ciudad en la que vive, de 10 hectáreas, no le falta de nada. Es casi como una Roma en miniatura. Nuestro hombre pasea por el decumanos (calle principal) rumbo al macella (mercado), hace un alto en el foro para disfrutar de las magníficas esculturas de mármol, se asoma a la basílica y discute en la puerta de la curia diversos asuntos. Al fondo del edificio público, vislumbra otra estatua. Descansa en un nicho. Se fija en su cabeza, tocada con una corona de hojas de roble y encina. Es Augusto, el primer emperador romano, al que ya todos rinden culto.

 

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LA llamada de alerta de Carlos Castilla del Pino en su célebre artículo publicado en «Triunfo» no ha pasado de moda por más que poco quede para que se cumplan cuatro décadas desde que el psiquiatra fallecido diera a la imprenta el texto «Apresúrese a ver Córdoba». Porque cualquiera que reciba un fin de semana a un amigo venido de otra ciudad y se decida a darle un paseo sosegado por la zona patrimonial no tiene más remedio que excursarse ante el estado de algunas de las calles más nobles del caso histórico y buscar respuestas sin fundamento a preguntas llenas de sentido.

—«¿No hay ninguna norma que prohíba a los comerciantes o a los vecinos colocar aparatos de aire acondicionados en esta calle que está tan cerca de la Mezquita, o de la Catedral si quieres llamarla así?», pregunta el visitante.

 

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EN Carcabuey (Ipolcobulcula, Karkabul, Carcabue o Carcaboy dependiendo de la época que se trate), allí donde el olivo y la retama comparten tierras montuosas, aparece una población y, sobre ella, se alzan los restos de un castillo. El cerro, coronado por la vieja fortaleza, guarda en sus entrañas huellas prehistóricas.

Según el profesor Rafael Osuna Luque, aparecen yacimientos que acreditan la población de Carcabuey desde el Neolítico (6000-3000 a.C.), consolidándose asentamientos desde la etapa del Bronce Final (Bronce Pleno hacia el 1800 a.C.), adquiriendo gran protagonismo durante esa molécula de la Historia que fue el período romano. El castillo, sitio en que se adoró a la diosa Venus y se escuchó también la voz del almuédano, llamando a la oración cuando el paso del tiempo lo convirtió en alcázar andalusí, pudo ser conquistado por el rey Fernando III (1199-1252). Con la muerte del Rey Santo comenzó su declive y la historia que nos conduce hasta su vieja y recóndita leyenda. Corría el año 1282 y su hijo, Alfonso X el Sabio (1221-1284), alcanzaba, cansado y en lucha con su vástago, el posterior Sancho IV el Bravo (1258-1295), la última etapa de su vida. El Rey Sabio, casi reducido a la ciudad de Sevilla, donde murió, desheredó al entonces infante rebelde Sancho y buscó la ayuda del rey de los benemires. Carcabuey y su castillo quedaron bajo la jurisdicción de la Orden de Calatrava durante la segunda mitad del XIII y primer tercio del XIV. Estaba gobernado por un fiel vasallo de Alfonso X: don Nuño Tello.

 

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Premio Bernier para Merengue, Rodriguez Neila y el grupo Sísifo La Asociación Arte, Arqueología e Historia celebró ayer la décimo octava edición de los premios Juan Bernier con la distinción de tres figuras de la cultura cordobesa que cuentan con trayectorias ampliamente reconocidas. De este modo, Rafael Rodríguez, Merengue de Córdoba, fue galardonado en el apartado de arte, el grupo de investigación Sísifo --de la Universidad-- obtuvo el premio en Arqueología, y el catedrático de Historia Antigua Juan Francisco Rodríguez Neila recibió el reconocimiento en su materia.

 

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El valor de la memoria: el retablo de la MercedCuando las medallas se las coloca quien no le pertenece es necesario reivindicar el poder de la memoria y recordar en quien reside el origen de la parafernalia que de vez en cuando se monta, para alabar la encomiable labor realizada por la Escuela Taller de la Diputación de Córdoba en la «restauración», término mal empleado del desaparecido Retablo Mayor de la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced. El 29 de enero de 1978, la ciudad de Córdoba se despertaba con una desagradable noticia: «Habían incendiado el retablo de la Diputación». La noticia me llegaba a través de un compañero que, impresionado, quiso compartir conmigo el triste suceso. A lo largo del día, nos fuimos enterando de cómo había sucedido, las noticias eran cada vez más desagradables, no había quedado nada, todo había desaparecido reducido a cenizas. Se elucubraba acerca del valor de la pieza desaparecida, se comentaba la cantidad de oro que cubría el retablo y cómo habría quedado reducido a una masa.

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Tierra de califas, emperado¬res, filósofos y eruditos. A orillas del Guadalquivir y al pie de Sierra Morena se levanta Córdoba. Antigua capital de la provincia más romanizada del Imperio, del Califato de los Omeya en el siglo X, del judaismo en la Edad Media y frontera cristiana du¬rante el fin de la Reconquista. No es de extrañar que con este devenir, la capital cordobesa se haya convertido en Patri¬monio de la Humanidad. Atesoran sus calles los aromas de antaño y tras cada esquina puede esconderse un preciado resquicio de lo que en el pasado fue. Un espacio en el que las diferencias entre Oriente y Occidente se difuminan para dar lugar a una ciudad única.

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Noviembre es nuestro mes de los difuntos. Por eso, si me lo permiten, voy a dedicar un par de artículos más al mundo funerario romano, completando así algunos aspectos que he ido avanzando desde que inauguré esta tribuna y que remataré antes de que finalice el curso académico. En Roma, la obsesión por garantizar eternamente la integridad del sepulcro (olvidando, con cierta ingenuidad, que en términos históricos la eternidad dura poco más de un minuto) llevó con frecuencia a la parcelación del terreno extramuros en lotes y acotados de superficies variadas destinados a acoger las deposiciones, los monumentos y, eventualmente, otras dependencias en las que celebrar las ceremonias conmemorativas. Esos recintos fueron señalizados mediante cuerdas, vallas, alineaciones vegetales y, también, cipos de piedra, en los que se indicaban, según los casos, las medidas in fronte (es decir, en fachada) e in agro (en profundidad), o sólo alguna de ellas. Bética y Lusitania han sido muy pródigas en este tipo de tituli , con concentraciones particularmente altas en ciudades como Augusta Emerita, Astigi (Ecija), Tucci (Martos), o la propia Corduba.
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Gongora-Quevedo, la controversia artificialComenzó a pintarse el retrato. No será un cuadro individual, con la mirada de una única persona que se acerque a la figura de Luis de Góngora, una de las más trascendentales de la literatura en lengua española, sino un retrato a muchas manos, cada una con un estilo y una forma de tomar el pincel fingido para hablar del gran renovador de la poesía española a finales del siglo XVI y principios del XVII.

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Coloquio de dos genios sin épocaLa conferencia inaugural, la primera pincelada del retrato que a lo largo de estos días pintarán quienes mejor han conocido la obra del autor, corrió a cargo del poeta cordobés Pablo García Baena, «su mejor discípulo», según definió el director de las jornadas y gran impulsor de la cita, Joaquín Roses.

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