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Poesía romana De la poesía popular tenemos significativas y emocionantes muestras en algunos epitafios, que ocasionalmente solían adoptar forma literaria, por lo común versificada. Por ejemplo, la temprana muerte de la vida, hacia arrancar de los padres expresiones de gran ternura y amargas reflexiones sobre la fugacidad de la existencia. En estos espontáneos epitafios, redactados por mano anónima, algunos de cuyos elementos se repiten en otras inscripciones (se ha llegado a hablar incluso de la existencia de formularios métricos), quedan patentes los profundos sentimientos que la implacable Parca podía suscitar en los corazones de los padres atribulados, al mismo tiempo que a través de ellos vislumbramos una vez más el enorme problema que entonces significaba la mortalidad infantil. Hable si no con fuerza propia el epitafio que, como testimonio último y sentido del cariño familiar, se puso en la tumba de una niña cordobesa, Melitina, que murió con nueve años y medio de edad: «Aquí yace la niña a quien el padre ha de llorar toda su vida y a quien la madre, a penas desaparecida, busca de continuo llena de dolor. Agradecida a las caricias.... era como todos quisiéramos que fuesen nuestros hijos. El año décimo de su vida la privó del don de la luz. Quien lea este infortunio maldiga al hado inicuo. Séate la tierra leve. Corpophorus, su padre, y Titilicuta, su madre, dedican este epitafio a su cariñosísima hija».

Podemos añadir este otro ejemplo, redactado como el anterior en hexámetros dactílicos, en el que de una forma coloquial el difunto, cuyos antepasados son griegos, se dirige al viandante (las necrópolis solían estar situadas junto a las vías de acceso a la ciudad), le explica su condición y se lamenta de la temprana muerte: «Soy macedonio por linaje, pero nacido en los campos de la Bética. El año quinto después del décimo había huido por completo y ya la toga se disponía a unirse al joven en edad viril. La vida se acaba, todo el esfuerzo se pierde en un momento. Aquí estoy enterrado, feliz solo por mi nombre Feliz». Conmovedor sin duda el recuerdo póstumo de este joven, para quien el nombre no llegó a ser presagio de una vida larga y afortunada, truncada esta vez a los quince años. Esa era la edad aproximada en que un muchacho romano de buena estirpe tomaba la toga viril, una vez cumplido su período educacional, y, tras ser inscrito en las listas de ciudadanos romanos y poder disfrutar desde entonces de la plenitud de derechos, se disponía a entra en la vida pública.

Citemos, finalmente, una inscripción incompleta procedente de Córdoba, quizás escrita en dísticos elegiácos, que con sus versos acrósticos nos da el nombre de un tal Julianus, rico agricultor que vivió en el s. I d. C., y cultivaba su ocios dedicándose a recorren los bosques, donde es posible que colocara trampas para cazar animales. Constituye este epitafio otra elocuente prueba, como la ya citada dedicatoria a Artemio,o el relieve con escena de cacería procedente de Almodóvar, de lo arraigadas que estaban las actividades cinegéticas en la población bética desde tiempo ancestral, actividades desarrolladas como pasatiempo deportivo, no con fines de subsistencia, especialmente entre las gentes más pudientes. La cercana zona serrana sería para muchos cordobeses de entonces, al igual que hoy, lugar preferido donde dar rienda suelta a tales aficiones.

 

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